En el verano de 1999 me quedé mudo. Una amiga me había elogiado con inusitado entusiasmo una exposición de camisas que se celebraba en Carbonero el Mayor. Tanto fervor por unas camisas, pensé escéptico, como restando importancia. Pero, por no defraudar a mi amiga, fui a Carbonero y sufrí tal conmoción que me quedé mudo. Algunas personas, pude comprobarlo, seguían también atónitas y conmovidas, es decir, enmudecidas, la visita a aquella exposición prodigiosa.
¿Qué había en esas dieciocho o veinte camisas expuestas para arrebatar la palabra de tal manera? Pues, además de un trabajo ímprobo y primoroso, además de una conjunción armónica de colores, lo que saltaba a la vista, más allá de la belleza deslumbrante, lo que se percibía de inmediato, era muchísimo amor, un amor inconmensurable derramado en acorches, canesús, pecheras, puños y cuellos.
Como si cada camisa fuera una carta cifrada de amor escrita con hilo. Sin una dosis muy crecida de amor es inconcebible que una persona pueda embarcarse en esa tarea ingente que implica bordar una camisa de acorches, llamada también, qué nombre más hermoso, camisa galana de Segovia. y no sólo amor a los demás, también cierta dosis de amor propio, de afán de superación y un alto grado de autoestima.