Han pasado ya algunos años pero recuerdo aquel día, lluvioso y frío, del invierno segoviano, que esperábamos en Cabanillas a D. Luis-Felipe de Peñalosa y Contreras, vizconde de Altamira de Vivero, para que nos enseñara su esquileo. Fue puntual y nos sorprendió verle llegar en vespino.
Nuestro equipo, formado por ocho alumnos y tres profesores del Instituto Ezequiel González (*), franqueó la puerta, y recorrió sus dependencias observándolo todo, atentos a las explicaciones que D. Luis-Felipe daba a nuestras preguntas.
Rastreamos, croquizamos, medimos, fotografiamos y nos sumergimos en ese mundo ya mudo, del pasado industrial segoviano de la tan poderosa industria de la lana.
Nos admiró su sólida construcción, su racionalidad funcional al servicio de una actividad que se puede seguir recorriendo en sus dependencias.
Todo tiene un porqué; el bache bajo, las ventanas grandes, las lonjas cercanas, el abrevadero junto a los corrales y su situación, ala vera de la cañada.